domingo, 12 de julio de 2009

Sociedad, Política y Estado - Murray Bookchin


Hoy cuando los movimientos verdes y sociales se han consolidado en casi todos los países del Primer Mundo, cuando están creciendo en otros lugares (particularmente en América Latina), la cuestión de cómo encarar los conceptos de "sociedad", "política" y "Estado", ha adquirido una urgencia programática. Esta urgencia surge ante el hecho de que la mayoría de estos movimientos pone énfasis en la necesidad de descentralización, de comunidades a escala humana, de democracia de base y de un equilibrio viable entre la ciudad y el campo (temas que nos recuerdan los escritos de Proudhon y Kropotkin); pero al mismo tiempo, los verdes están comprometidos, de una u otra manera, en política electoral. En Alemania, donde la ideología verde nació hace una década aproximadamente, la tendencia "fundamentalista" (que en cierto momento fue la mayoría del partido verde) insistió en el esfuerzo por construir un partido no partidista, por crear una democracia de base, inspirada en la "democracia participativa" de la "nueva izquierda" de los sesenta. Los cargos electivos, tanto en el gobierno como en la dirección del partido debían ser rotativos, los sueldos de los representantes electos debían ser compartidos con la organización del partido; se propuso, en forma vaga, establecer el derecho de revocar a los representantes que no cumplieran su mandato programático, pero esto nunca fue implementado. La teoría ecológica (más precisamente, la ecología social, que se originó realmente en Estados Unidos a comienzos de los sesenta) constituyó una perspectiva aglutinante para los primeros verdes, aunque no estuviesen completamente familiarizados con su origen libertario. Me refiero a la necesidad de suprimir la jerarquía, así como las relaciones de clase, como condición previa a la eliminación de la idea de dominio de la naturaleza y al logro de una sociedad ecológica.

El surgimiento de movimientos verdes, que en gran parte toman como modelo a los Grünen (partido verde alemán), creó un dilema para la izquierda libertaria. Las reivindicaciones sociales de la mayoría de los grupos verdes eran claramente anarquistas. Los programas basados en la descentralización y la democracia participativa surgieron indudablemente a partir del socialismo antiautoriario, y fueron fuertemente influidos por la "nueva izquierda". Además, muchos principios organizativos adoptados por los verdes contrastaban con la mentalidad centralista, esencialmente burocrática, del marxismo, por no hablar del liberalismo.

Pero ¿cómo podríamos explicar la orientación política, más exactamente la electoral, de los verdes? ¿Cómo podríamos encarar temas como el parlamentarismo, las coaliciones de partido, y la entrada de los Grünen en gobiernos manifiestamente burgueses, como la coalición de Hesse?

Que los Grünen sean hoy escasamente diferentes en el aspecto organizativo, y también en el programático, a los partidos socialdemócratas convencionales, no es motivo para que los libertarios se regodeen en sus predicciones de que la política corrompe. La degeneración de los Grünen ocurrió en el curso de una áspera lucha interna. No fue un proceso de lenta erosión imperceptible y de cooptación por parte del Estado. Ni pueden los grupos libertarios más puristas de Alemania pretender que las concepciones sindicalistas o anarquistas se hayan afirmado en Europa Central. Del mismo modo que esos grupos libertarios se complacen en la decadencia de los movimientos verdes a causa del parlamentarismo, también ellos pueden ser criticados por haber jugado un rol de espectadores frente a la declinación de un movimiento muy significativo, cuyo desarrollo deberían haber tratado de impulsar. Ni siquiera ofrecieron ninguna alternativa a la infeliz opción adoptada por los Grünen y por los grupos verdes que se orientaron por la vía electoral en otros países. Los intentos de los libertarios por revivir las ideas sindicalistas tradicionales tienen poquísimas probabilidades de éxito. Cualquiera sea la promesa del proletariado como clase hegemónica, como pudo haber sido durante el último siglo y la primera parte del actual, el sindicalismo proletario está históricamente agotado en todas sus formas. Todas las teorías, programas y movimientos que asignaron un rol revolucionario a la clase trabajadora yacen sepultados bajo las frías brasas de la Revolución Española de 1936-39, la más valiente y removedora, y también, último surgimiento histórico de radicalismo proletario tradicional. Desafiando todas las predicciones teóricas de los treinta, el capitalismo se restableció con más fuerza y adquirió extraordinaria flexibilidad en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial. De hecho, todavía no se ha determinado claramente lo que constituye el capitalismo en su forma más "madura", ni que hablar de su trayectoria social en los años venideros.

Me parece que el capitalismo se transformó, pasando de una economía rodeada de muchas formaciones sociales y políticas precapitalistas, a una sociedad "economizada" en si misma. La vida social como tal está penetrada por los valores de mercado. Estos se han infiltrado crecientemente en las relaciones familiares, educacionales, personales e incluso espirituales, eliminando las tradiciones precapitalistas, que comportaban mayor ayuda mutua, mayor idealismo y responsabilidad moral, en contraste con las normas de conducta “mercantilistas". Términos como “consumismo" e “industrialismo" son meros eufemismos oscurantistas para designar un aburguesamiento que todo lo impregna, y que implica bastante más que apetito de mercancías y sofisticación tecnológica. Estamos asistiendo a la expansión de las relaciones mercantiles en todas las áreas de la vida y en los movimientos sociales, que en otro tiempo ofrecieron cierta resistencia (cuando no un refugio) contra las formas competitivas, amorales y acumuladoras de interacción humana. Existe un sentido en el cual cualquier nueva forma de resistencia, ya sea de los verdes, de los libertarios, o de los radicales en general, debe abrir espacios alternativos de vida que puedan contrarrestar y desarmar el aburguesamiento de la sociedad en todos sus niveles. Esto no quiere decir que los “nuevos movimientos sociales” (usando la jerga sociológica), como los verdes, puedan acceder a los órganos parlamentarios nacionales, provinciales o estatales, sin pagar algún precio por ello. Los Grünen, que estaban lejos de ser un ingenuo movimiento popular, son prueba viviente de que la “resistencia parlamentaria” conduce eventualmente a malos compromisos y al abandono de principios fundamentales. Se plantea el interrogante de si puede haber espacio para la esfera pública radical, más allá de las comunas, las cooperativas, las organizaciones de servicios barriales, promovidas por la contracultura de los sesenta, diría, estructuras que tan fácilmente degeneraron en negocios tipo boutique, cuando no desaparecieron por completo. Existe un ámbito público que pueda ser campo para la interacción de fuerzas antagónicas que se mueven por el cambio, la educación, el desarrollo, en última instancia, en confrontación con el modo de vida imperante?

El concepto mismo de ámbito público se contrapone a la noción radical tradicional de ámbito de clase. El marxismo, en particular, negó la existencia de un “público” aparentemente indefinible, o lo que en las revoluciones democráticas de hace dos siglos se designó como el pueblo. Se consideraba que los conceptos de “pueblo” o de “público” ocultaban los intereses específicos de clase, que terminarían por conducir a la burguesía a un conflicto implacable con el proletariado. Si la palabra “pueblo" significó algo para los teóricos marxistas, fue en referencia a una pequeña burguesía decadente, amorfa e indescriptible, legado del pasado y de pasadas revoluciones, de la cual podía esperarse que, en primer término se pusieron de parte de la clase capitalista, a la que aspiraba integrar, y por último, de parte de la clase trabajadora, cuyas filas se verían forzadas a formar parte. En consecuencia, el proletariado, en la medida en que se volviese una clase consciente, expresaría finalmente los intereses generales de la humanidad, una vez que hubiera absorbido a esa imprecisa clase media, particularmente durante una crisis económica general o “crónica" del capitalismo. Los treinta, con sus oleajes de huelgas, insurrecciones obreras, confrontaciones callejeras entre grupos revolucionarios y fascistas, y sus expectativas de guerra y levantamientos sociales sangrientos, parecieron confirmar esta visión. No podemos seguir ignorando el hecho de que la visión tradicional elaborada por los radicales durante la primera mitad de este siglo ha sido reemplazada por la realidad actual de un sistema capitalista organizado cultural e ideológicamente, así como económicamente. Por mucho que hayan sido rebajados los niveles de vida para millones de personas, también resta en pie el hecho sin precedentes de que el capitalismo no ha sufrido una crisis crónica desde hace medio siglo. El clásico proletariado industrial ha decrecido en el Primer Mundo (el locus histórico clásico de la confrontación socialista con el capitalismo), y está perdiendo no sólo la conciencia de clase, sino también la conciencia política de si mismo como clase históricamente única. Los intentos de reformular la teoría marxista, incluyendo a todos los asalariados en el proletariado carecen de sentido, y se encuentran en total contradicción con el modo en que esta población de clase media ampliamente diferenciada se concibe a sí misma y su relación con la sociedad de mercado.

Tampoco existe ningún signo de que en un futuro previsible vayamos a afrontar una crisis económica comparable a la gran depresión. Con respecto al control de los factores internos de crisis a largo plazo, que pudieran crear un interés general por una nueva sociedad, el capitalismo tuvo mejores resultados en los últimos cincuenta años que en el siglo y medio anterior, el periodo de su "ascenso histórico". Tal como están las cosas hoy, es ilusorio vivir con la esperanza de que el capitalismo sufra un colapso desde dentro, como resultado de las contradicciones de su propio desarrollo. Pero existen signos dramáticos de que el capitalismo, organizado en un sistema de mercado basado en la competencia y el crecimiento, debería trastornar el mundo natural, trocando el suelo en arena, contaminando la atmósfera, cambiando todas las condiciones climáticas del planeta, y posiblemente volviendo la tierra inhóspita para las formas de vida complejas. El capitalismo está produciendo las condiciones externas para una crisis, una crisis ecológica, que bien podría despertar un interés generalizado por un cambio social radical. El capitalismo, en efecto, está demostrando ser un cáncer ecológico, capaz de simplificar los complejos ecosistemas que se formaron durante innumerables años. Se plantea la cuestión de si una sociedad, basada en un crecimiento insensato e incesante como fin en sí mismo, forzada por la competencia a acumular y devorar el mundo orgánico, puede crear problemas que sobrepasen muchas diferencias materiales, étnicas y culturales. Si es así, el concepto de “pueblo" y el de "ámbito público" pueden convertirse en una realidad viviente en la historia. El movimiento verde, o por lo menos algún tipo de movimiento ecologista radical, puede adquirir así un significado político, único y cohesionador, comparable al de los movimientos obreros tradicionales. Si el ámbito del radicalismo proletario era la fábrica, el del movimiento ecologista sería la comunidad: el pueblo, el barrio, la municipalidad. Se debería elaborar una nueva alternativa política, que no sea ni parlamentaria' ni tampoco exclusivamente limitada a la acción directa y a las actividades contraculturales. En realidad, la acción directa se combinaría con una nueva política bajo la forma de una autogestión de la comunidad, fundada en una democracia plenamente participativa, que de hecho es la forma más elevada de acción directa, aquella que reconoce en el pueblo la plena facultad de determinar el destino de la sociedad.

El movimiento verde (usando este término en su sentido más genérico) está notablemente bien situado para convertirse en un ámbito donde elaborar dicha perspectiva y ponerla en práctica. Inadecuaciones, fracasos y retrocesos, como los que observamos en los Grünen, no eximen a los libertarios de tratar de educar a este movimiento, dándole la orientación teórica que necesita. Los verdes no se han congelado en una postura rígida desesperanzada, ni siquiera en Francia y Alemania. No es probable que la situación ecológica permita que un amplio movimiento político ambientalista se consolide hasta el punto de que pueda excluir la articulación de tendencias radicales. Es una gran responsabilidad del movimiento libertario, promover dichas tendencias radicales, fortaleciéndolas teóricamente, y elaborando una perspectiva ecológica radical coherente. En definitiva, lo que finalmente destruye todo movimiento en esta era de aburguesamiento arrollador, no es sólo la “mercantilización" de la vida, sino también la falta de conciencia para resistir ésta y sus amplios poderes de cooptación. Pero esto no disminuye la necesidad de darle a esta conciencia una forma real y palpable. Si los sesenta hicieron surgir la necesidad de una contracultura para resistir la cultura dominante, los años finales de nuestro siglo han creado la necesidad de contrainstituciones de naturaleza popular, para contrarrestar al Estado centralizado. La forma específica de estas instituciones puede variar según las tradiciones, los valores, los intereses y la cultura de cada región. Pero ciertas premisas teóricas básicas deben ser aclaradas, si se plantea la necesidad de nuevas instituciones, y más ampliamente, de una nueva política libertaria.

Vivimos en un mundo históricamente nebuloso, en el cual los ámbitos institucionales que en el pasado eran claramente distinguibles uno de otro (el social, el político y el estatal) han sido confundidos y mistificados. En otro tiempo, el ámbito social podía ser claramente distinguido del político, y éste a su vez estaba bien delimitado del estatal. Para que un movimiento verdaderamente radical pueda existir en el futuro, deben ser detenidas y revertidas las tendencias actuales a la absorción de la política por el Estado, y de la sociedad por la economía. Con la aparición de nuevos movimientos que afrontan el deterioro ecológico, y con el surgimiento de nuevas cuestiones como la necesidad de una sociedad orientada ecológicamente que termine con la dominación de la naturaleza y de las personas, la necesidad de redefinir realmente la política, dándole un significado más amplio del que ha tenido en el pasado, se convierte en un imperativo político. La capacidad de los libertarios para responder a esta exigencia bien puede determinar el futuro de movimientos como los verdes y la real posibilidad del radicalismo de existir como una fuerza coherente para el cambio social. Es demasiado fácil pensar en la sociedad, la política y el Estado tal como se nos presentan hoy, separados de la historia y congelados en formas rígidas. Pero el hecho es que cada uno de ellos ha tenido un complejo desarrollo, que deberíamos entender si queremos tener claro el significado de los problemas que los mismos comportan en la teoría social y en la práctica. Mucho de lo que actualmente llamamos política realmente es gobierno del Estado, que consiste en la estructuración de un aparato estatal, integrado con parlamentarios, jueces, burócratas, policías, militares y demás, fenómeno que a menudo se repite desde la cumbre del Estado hasta las más pequeñas comunidades. Es así que fácilmente podemos ignorar lo que la política significó en otro tiempo. El término "política", que deriva del griego, se refería a un ámbito público formado por ciudadanos conscientes, que se sentían competentes para gestionar directamente sus propias comunidades o polis.

La sociedad, en cambio, era un ámbito relativamente privado, concerniente a las obligaciones familiares, las amistades, el mantenimiento personal, la producción y la reproducción. Desde su emergencia como mera existencia de grupos humanos, hasta las formas altamente institucionalizadas que propiamente llamamos sociedad, la vida social estuvo estructurada sobre la familia u oikos (economía, de hecho significaba poco más que la gestión de la familia). Su núcleo era el mundo doméstico de la mujer, complementado por el mundo civil del hombre. En las comunidades primitivas, el ámbito civil estuvo en gran parte al servicio de lo doméstico, donde se cumplían las funciones más importantes para la sobrevivencia y el mantenimiento. Una tribu (entendida en un sentido muy amplio, que incluía bandas y clanes), verdadera entidad social, estaba atravesada por lazos sanguíneos, maritales y funcionales, basados en la edad y en el trabajo. Las potentes fuerzas centrípetas (que aún se originaban en hechos biológicos), que mantenían unidas a las comunidades (eminentemente sociales) y les daban un fuerte sentido de solidaridad interna, excluyeron en gran medida a los “extraños", cuya aceptación normalmente dependía de las reglas de hospitalidad, y de la necesidad de adquirir nuevos miembros para remplazar a los guerreros, cuando la guerra se tornaba cada vez más importante. Una gran parte de la historia es un relato del posterior crecimiento del ámbito civil masculino a expensas del ámbito doméstico social. Los hombres adquirieron una autoridad creciente sobre las comunidades primitivas como resultado de las guerras intertribales, de las luchas por el territorio de caza, y particularmente, de los conflictos generados por la necesidad de los pueblos agrícolas de apropiarse de grandes extensiones, que a su vez eran requeridas por los pueblos cazadores para sustentarse a sí mismos y sus modos de vida.

Fue a partir de este ámbito civil indiferenciado (si se me permite usar la palabra “civil” en un sentido muy amplio) que surgieron la "política" y el Estado. Esto no significa caer en la trampa ideológica de decir que lo político y el gobierno del Estado desde el comienzo fueron lo mismo. De hecho los dos a pesar de sus orígenes en el primitivo ámbito civil de los hombres, se encontraron en una marcada oposición. “Los ropajes de la historia nunca están limpios y sin arrugas." La evolución de la sociedad, desde pequeños grupos sociales domésticos hasta sistemas autoritarios muy diferenciados y jerarquizados, que abarcaron vastos imperios territoriales, fue compleja e irregular. También las tradiciones domésticas y familiares, esto es las tradiciones sociales, desempeñaron en la formación de los Estados un rol a menudo comparable al de los valores civiles de los guerreros. Las aristocracias basadas en el linaje (sea femenino como masculino), que han persistido hasta los tiempos modernos, están impregnadas de valores sociales que fueron trasmitidos desde una época en que el parentesco, no la ciudadanía o la riqueza, determinaba el status y el poder de una persona. Los reinos despóticos primitivos como los de Egipto y Persia, para citar a los más notables, no eran considerados entidades civiles en sentido riguroso, sino como dominios domésticos de los monarcas.

Fueron vistos como las vastas residencias de los reyes divinos y de sus familias, hasta que fueron divididos por familias menores en posesiones señoriales o feudales. Fue la “revolución urbana" de la edad del bronce (para usar la expresión de V. Gordon Childe) que lentamente removió las arcaicas trabas sociales o domésticas que pesaban sobre el Estado, creando un terreno nuevo para la política. El surgimiento de las ciudades, frecuentemente en torno a templos, fortalezas militares, centros administrativos y mercados interregionales, creó las bases para una nueva forma de espacio político, más universal y secular. Con el tiempo, este espacio evolucionó lentamente hacia un tipo de esfera pública sin precedentes. Tratar de señalar una ciudad determinada como modelo de tal espacio sería buscar formas puras que no existen en la historia o en la teoría social. Pero podemos identificar ciudades que no fueron ni predominantemente sociales en un sentido doméstico, ni estatistas, y que dieron origen a una gestión de la sociedad completamente nueva.

Las más destacables de estas ciudades fueron los puertos de la antigua Grecia, las ciudades medievales de artesanos y comerciantes de Italia y de Europa central, también las ciudades modernas de los nuevos Estados nacionales en formación, como España, Inglaterra y Francia, que desarrollaron identidades propias y formas relativamente populares de participación ciudadana. Sus características “pueblerinas", aún patriarcales, no deberían impedirnos apreciar sus valores humanistas universales. Sería mezquino y antihistórico, desde un punto de vista moderno, poner el acento en los errores que las ciudades compartieron durante miles de años con el surgimiento de la “civilización" como tal. Lo más importante es que estas ciudades crearon, en mayor o menor medida, un ámbito radicalmente nuevo, de naturaleza política, fundado en formas limitadas, pero con frecuencia participativas, de democracia, y un nuevo concepto de personalidad cívica: el ciudadano.

Definida según sus raíces etimológicas, la política significó la gestión de la comunidad o polis por parte de sus propios miembros o ciudadanos, el desarrollo de un espacio público en el cual los ciudadanos podían reunirse, como el ágora de las democracias griegas, el foro de la república romana, el centro del pueblo de la comuna medieval, y la plaza de la ciudad renacentista. La política significó el reconocimiento de los derechos civiles para los extranjeros, o quienes no estaban vinculados a la población por lazos sanguíneos, es decir la idea de una humanitas universal, que se distinguía del concepto de “gente" relacionada genealógicamente. Además de estos valores humanos fundamentales, la política estaba caracterizada por la creciente secularización de los asuntos sociales, un nuevo respeto por el individuo y una creciente consideración de criterios racionales de conducta por encima de los irreflexivos imperativos de la costumbre.

No quiero decir que con el surgimiento de las ciudades desaparecieron los privilegios, la desigualdad de derechos, las supersticiones, el respeto por la tradición, la desconfianza hacia los extranjeros. Durante los períodos más radicales y democráticos de la Revolución Francesa, por ejemplo, París estaba llena de miedos a las “conspiraciones extranjeras" y de desconfianza xenófoba hacia los extraños. Las mujeres no compartieron totalmente las libertades de que gozaban los hombres.

Mi punto de vista, sin embargo, es que la ciudad creó algo realmente nuevo, que no puede quedar oculto en los pliegues de lo social o de lo estatal. Este espacio se redujo o amplió con el tiempo, pero nunca desapareció completamente de la historia. Se mantuvo en contraposición al Estado, el cual trató en varios grados de profesionalizar y centralizar el poder, a menudo volviéndose un fin en sí mismo, como lo mostraron el poder estatal del Egipto Ptolemaico, las monarquías absolutas europeas en el siglo XVII y los regímenes totalitarios de Rusia y China en el siglo actual. El escenario de la política ha sido casi siempre la ciudad o el pueblo, o más genéricamente, la municipalidad. Para que una ciudad fuera políticamente viable, seguramente el tamaño era algo importante. Para los griegos, en particular para Aristóteles, el tamaño de una ciudad o polis debería ser tal que sus asuntos se pudieran discutir cara a cara, y que pudiera existir cierto grado de familiaridad entre sus ciudadanos. Estos requisitos, que no eran fijos ni inviolables, estaban concebidos para promover el desarrollo urbano, en un modo que directamente contrarrestaba el Estado. Siendo de tamaño moderado, la polis podía así ser organizada institucionalmente en modo tal que sus asuntos pudieran ser gestionados por hombres capaces, comprometidos con lo público, con un grado mínimo de representatividad, estrictamente controlado. Para que alguien pudiera ser capacitado para las funciones políticas, debía poseer ciertos recursos materiales. Se requería cierto tiempo libre, del cual se podía disponer, suponemos hoy, gracias al trabajo esclavo.

Sin embargo, de ningún modo es cierto que todos los ciudadanos griegos políticamente activos fueran propietarios de esclavos. Aún más importante que el tiempo libre era la formación del carácter y de la razón (concepto griego de paideia), que confería a los ciudadanos el decoro necesario para que las asambleas populares fueran viables. Era necesario un ideal de servicio público que prevaleciera sobre los impulsos egoístas y mezquinos, y que le diera al interés general el carácter de valor. Esto fue logrado estableciendo una compleja red de relaciones, que iban desde las amistades leales (concepto griego de filia) hasta el compartir experiencias en las festividades civiles y en el servicio militar.

El uso que hago de los términos griegos no debe ser interpretado como que la política fuera un fenómeno exclusivamente helénico. Necesidades similares surgieron y fueron tratadas de varias maneras en las ciudades libres de Europa y Nueva Inglaterra hasta tiempos relativamente recientes. En casi todos los casos, estas ciudades crearon una política que fue democrática en grados diversos, durante largos períodos, y que resurgió no sólo en la cuenca del Mediterráneo, sino también en Europa continental, en Inglaterra y en Norteamérica. Profundamente hostiles a los Estados centralizados, las ciudades libres y sus federaciones marcaron algunos de los hitos más importantes de la historia, verdaderas encrucijadas en que la humanidad tuvo la posibilidad de establecer sistemas sociales, basados en confederaciones municipales, o en Estados nacionales.

El nacionalismo, así como el estatismo, estaban tan arraigados en el pensamiento moderno, que la idea misma de política municipal ni siquiera fue considerada como una opción para la organización social. Tal como he observado, la política ha estado identificada completamente con el gobierno del Estado y la profesionalización del poder. Se ha pasado por alto el hecho de que el ámbito político y el Estado a menudo estuvieron en conflicto entre sí, estallando en sangrientas guerras civiles. Los grandes movimientos revolucionarios del pasado, desde la Revolución Inglesa de 1640 hasta los movimientos revolucionarios de nuestro siglo, estuvieron marcados por la participación de las comunidades, dependiendo su éxito de fuertes vínculos comunitarios. Los argumentos que continuamente se presentan en contra de la autonomía municipal demuestran que ésta es considerada peligrosa para los Estados nacionales. Fenómenos presumiblemente "muertos", como la comunidad libre y la democracia participativa, no deberían despertar reacciones tan fuertes, ni ser objeto de restricciones como las que todavía se aplican.

El surgimiento de las grandes megalópolis no ha eliminado la necesidad histórica de una política cívica y comunitaria, así como la expansión de las corporaciones multinacionales no ha suprimido la cuestión del nacionalismo. Ciudades como Nueva York, Londres, Francfort, Milán y Madrid pueden ser políticamente descentralizadas socializadas a nivel institucional, sea en redes de barrio o de distrito, a pesar de sus dimensiones estructurales y de su interdependencia interna. Realmente, el modo en que pueden funcionar si no se descentralizan estructuralmente es un asunto ecológico de capital importancia, como lo indican los problemas de la contaminación, del suministro de agua, de la criminalidad, de la calidad de la vida y del transporte.

La historia ha demostrado que las principales ciudades europeas, con poblaciones de hasta un millón de habitantes, con primitivos medios de comunicación, funcionaban mediante instituciones bien coordinadas, pero descentralizadas, que mostraban una extraordinaria vitalidad política. Desde las ciudades castellanas que estallaron en la revuelta de los comuneros de principios del siglo XVI, las secciones parisinas y las asambleas de principios del siglo XVIII, hasta el movimiento de ciudadanos de Madrid de los años sesenta, citando sólo unos pocos, los movimientos municipales en las grandes ciudades plantearon de manera crucial el problema de dónde debe residir el poder y cómo debería ser gestionada la vida social a nivel institucional.

Es bastante obvio que esa municipalidad puede ser tan estrecha de miras como una tribu, no menos hoy que en el pasado. Por tanto, cualquier movimiento municipal que no sea confederal, es decir que no se integre en una red de interrelaciones recíprocas con pueblos y ciudades de su propia región, no puede ser considerado como una entidad política real en un sentido tradicional, del mismo modo que un barrio que no reconoce la necesidad de cooperar con otros barrios de su misma ciudad. La confederación basada en responsabilidades compartidas, la plena responsabilidad de los delegados confederales frente a sus comunidades, el derecho de revocar a los representantes y la necesidad de establecer mandatos precisos, son partes indispensables de una nueva política. Argumentar que las ciudades y pueblos existentes reproducen el Estado nacional a nivel local, significa renunciar a todo compromiso de cambio social. La vida sería realmente maravillosa, quizás milagrosa, si naciéramos con la instrucción, la experiencia, la inteligencia y las habilidades necesarias para ejercer una profesión o cultivar una vocación deseable. Desgraciadamente, debemos realizar el esfuerzo de adquirir estas capacidades, y esto requiere lucha, discusión, educación y desarrollo. Probablemente tendría poco significado un enfoque municipalista radical que se redujera a ser un mero instrumento de un fácil cambio institucional. Hay que luchar por este objetivo si se desea alcanzarlo, del mismo modo que la lucha por una sociedad libre debe ser en sí misma tan liberadora y autotransformadora como la existencia de tal sociedad.

El Estado plantea también serias cuestiones, que no pueden ser reducidas a una visión simplista y ahistórica. Si se lo concibe como un fenómeno en desarrollo, en el curso de la historia se sucedieron Estados nacientes, cuasiestados, Estados monárquicos, Estados feudales, Estados republicanos, Estados totalitarios que superaron a las tiranías más duras del pasado. Lamentablemente, no se ha prestado suficiente atención al hecho de que la capacidad de los Estados para ejercer plenamente su poder estuvo a menudo determinada por los obstáculos municipales que encontraron. Fue esencial para la consolidación del Estado nacional su habilidad para debilitar las estructuras de los pueblos y de las ciudades, sustituyéndolas por burocracias, policías y fuerzas militares. Una sutil interacción entre la municipalidad y el Estado, que a menudo estalló en conflictos abiertos, se ha dado a lo largo de la historia, configurando la imagen de la sociedad actual.

Es de gran importancia práctica que las instituciones, tradiciones y sentimientos preestatistas permanezcan vivos en grados diversos en la mayor parte del mundo. La resistencia a la usurpación de los Estados opresores ha sido apoyada por las redes comunitarias de ciudades, barrios y pueblos, tal como lo muestran las luchas en Sudáfrica, Medio Oriente y América Latina.

Los temblores que ahora estremecen a la Rusia soviética no se deben solamente a las demandas de mayor libertad, sino también a los movimientos por las autonomías locales y regionales que desafían la existencia misma del Estado nacional centralizado. Ignorar las bases comunitarias de estos movimientos sería tan miope como ignorar la inestabilidad latente de todo Estado nacional. Y peor aún sería considerarlo como seguro y tratarlo según sus propios términos. Realmente, el hecho de que un Estado permanezca como tal o no (cuestión no poco importante para teóricos radicales tan dispares como Marx y Bakunin) depende mucho del poder de los movimientos locales, confederales y comunitarios, para contrarrestarlo y establecer "otro" poder que lo reemplace. El papel principal que jugó el movimiento de ciudadanos madrileños hace casi tres décadas en el debilitamiento del régimen de Franco merecería con justicia un estudio importante. A pesar de la visión marxista de un conflicto esencialmente económico entre el "trabajo asalariado" y el "capital", los movimientos de clase revolucionarios del pasado no fueron simplemente movimientos industriales. Por ejemplo, el efímero movimiento de trabajadores parisinos, en gran parte integrado por artesanos, fue también un movimiento comunitario centrado en los barrios y nutrido por una rica vida barrial. Desde los levellers de Londres en el siglo XVII, hasta los anarcosindicalistas de Barcelona en nuestro siglo, la actividad radical estuvo sostenida por fuertes vínculos comunitarios, y por un espacio público conformado por calles, plazas y cafés. Esta vida municipal no puede ser ignorada en la práctica radical y debe ser recreada allí donde fue socavada por el Estado moderno. Una nueva política, enraizada en los pueblos, en los barrios, en las ciudades y en las regiones, es la única alternativa viable al parlamentarismo anémico que se está infiltrando en varios partidos verdes y en otros movimientos sociales similares. Los movimientos estrictamente sociales, comprometidos en cuestiones específicas como el poder nuclear, limitan su capacidad de convocatoria a los temas de los que se ocupan. Este tipo de militancia no debe ser confundida con la actividad radical de largo plazo, necesaria para transformar la conciencia, y en última instancia, a la misma sociedad. Tales movimientos tienen una existencia efímera aunque logren resultados positivos, pues carecen de las bases institucionales necesarias para crear movimientos duraderos de transformación social, y carecen de un ámbito donde situarse de forma permanente en la lucha política. Por otra parte, la municipalidad contiene una potencialidad explosiva. Crear redes locales y tratar de transformar las instituciones municipales que todavía reproducen el Estado, significa aceptar un desafío histórico, y realmente político, que ha existido durante siglos. Ciertos movimientos sociales nuevos están tratando de adquirir una perspectiva política que los introduzca en la escena política, de ahí la facilidad con que se deslizan hacia el parlamentarismo.

Históricamente, la teoría libertaria siempre ha estado centrada en las “comunas”, las ciudades libres reestructuradas que constituirían el tejido celular de una nueva sociedad. Ignorar el potencial de la "comuna" porque aún no es libre, e impedir nuestro acceso a ella con consignas electorales (más apropiadas a una época de movimientos de masa obreros y campesinos) significa desatender un ámbito político todavía inactivo, pero que podría dar vida y significado a la gran aspiración libertaria: una comuna de comunas.

viernes, 19 de junio de 2009

Movimiento - Giorgio Agamben


Mis reflexiones vienen de un malestar y siguen una serie de preguntas que me he hecho durante un encuentro con Toni, Casarini, etc., en Venecia, hace algún tiempo. Un término retornaba continuamente en este encuentro: movimiento. Ésta es una palabra con una larga historia en nuestra tradición, y parece ser la más recurrente en las intervenciones de Toni. También en su libro esta palabra emerge estratégicamente cada vez que la multitud requiere una definición, por ejemplo cuando el concepto de multitud necesita ser separado de la falsa alternativa entre soberanía y anarquía. Mi malestar proviene del hecho de que por primera vez me he dado cuenta de que esta palabra nunca fue definida por aquellos que la usaron. Yo mismo puedo no haberla definido. En el pasado usé como una regla implícita de mi práctica de pensamiento la formula “cuando el movimiento está ahí, pretende que no está, y cuando no está allí, pretende que está”. Pero no sabía lo que significaba esta palabra. Es una palabra que todo el mundo parece entender, pero que nadie define. Por ejemplo, ¿de dónde viene esta palabra? ¿Por qué una instancia política decisiva fue llamada movimiento? Mis preguntas provienen de esta comprensión de que no es posible dejar este concepto indefinido, debemos pensar acerca del movimiento porque este concepto es lo que no hemos pensado, y mientras permanezca así arriesga comprometer nuestras opciones y estrategias. Esto no es un mero escrúpulo filológico debido al hecho de que la terminología es el momento poético, por tanto productivo del pensamiento, ni quiero hacer esto porque es mi trabajo definir conceptos, como un hábito. Realmente pienso que el uso a-crítico de conceptos puede ser responsable de muchas derrotas. Propongo comenzar una investigación que intente definir esta palabra, así que trataré simplemente de comenzar esto con algunas consideraciones básicas para orientar la investigación futura.

Primero algunos banales datos históricos: el concepto de movimiento, que en las ciencias y en filosofía tiene una larga historia, en la política sólo adquiere un sentido técnicamente relevante en el siglo XIX. Una de sus primeras apariciones data de la Revolución de Julio de 1830 en Francia, cuando los agentes del cambio se llamaban a sí mismos partie du mouvement y sus adversarios partie du l’ordre. Sólo con Lorenz von Stein, un autor que influenció tanto a Marx como a Schmitt, éste concepto se vuelve más preciso y comienza a definir un campo estratégico de aplicación. En su La Historia del Movimiento Social en Francia (1850) pone la noción de movimiento en contraposición dialéctica a la noción de Estado. El estado es el elemento estático y legal mientras que el movimiento es la expresión de las fuerzas dinámicas de la sociedad. Así, el movimiento siempre es social y está en antagonismo con el estado, y expresa la primacía dinámica de la sociedad sobre las instituciones jurídicas y estatales. Sin embargo, Von Stein no define el movimiento: le adscribe una dinámica y designa su función, pero no entrega una definición, ni un topos para él.

Una interesante indicación histórica en la historia de los movimientos puede encontrarse en el libro de Arendt sobre el totalitarismo. Ella no define el movimiento, pero muestra que alrededor de la primera guerra mundial, inmediatamente antes e inmediatamente después, los movimientos en Europa experimentan un desarrollo excepcional en una estratégica contraposición a lo partidos, cuando estos últimos entran en un periodo de crisis. En este período hay una explosión del concepto y el fenómeno del movimiento, una terminología que es usada tanto por la derecha como por la izquierda: Fascismo y Nazismo siempre se definen a sí mismos primero como movimientos y sólo después como partidos.

No obstante, este término excede el dominio político: cuando Freud quiere escribir un libro en 1914 para describir aquello de lo que es parte, lo llama un movimiento psicoanalítico. Todavía no hay una definición aquí, pero evidentemente en ciertos momentos históricos, ciertas palabras claves se imponen irresistiblemente y son adoptados por posiciones antagónicas, sin necesidad de ser definidas. El punto vergonzoso de mi investigación, donde la ceguera ante el concepto se vuelve visible, es cuando me di cuenta de que la única persona que intentó definir este término fue un jurista Nazi: Carl Schmitt.

En 1933, en un ensayo titulado Estado, Movimiento, Pueblo, y subtitulado La Tripartición de la Unidad Política, intenta definir la función política constitucional de la noción de movimiento. Esto es vergonzoso porque en este ensayo Schmitt trata de definir la estructura constitucional del Reich Nazista. Resumiré su tesis, dado que esta promiscuidad con un pensador del Nazismo demanda claridad. De acuerdo a Schmitt, la unidad política del Reich Nazi está fundada sobre tres elementos o miembros: estado, movimiento y pueblo. La articulación constitucional del Reich resulta de la articulación y distinción de estos tres elementos. El primer elemento es el estado, que es el lado político estático: el aparato de las oficinas. El pueblo es, por el otro lado, el elemento impolítico que crece a la sombra y bajo la protección del movimiento. El movimiento es el elemento político real, el elemento político dinámico que encuentra su forma específica en la relación con el Partido Nacional Socialista y su dirección, pero para Schmitt el Führer es sólo una personificación del movimiento. Schmitt sugiere que esta tripartición está también presente en el aparato constitucional del estado Soviético.

Mi primera consideración es que la primacía de la noción de movimiento radica en la función del devenir impolítico del pueblo (recuerden que el pueblo es el elemento impolítico que crece a la sombra y bajo la protección del movimiento). Así, el movimiento deviene el concepto político decisivo cuando el concepto democrático del pueblo, como cuerpo político, está en decadencia. La democracia termina cuando el movimiento emerge. Substancialmente no hay movimientos democráticos (si por democracia queremos decir lo que tradicionalmente considera al pueblo como el cuerpo político constitutivo de la democracia). Sobre estas premisas, las tradiciones revolucionarias de la Izquierda concuerdan con el Nazismo y el Fascismo. No es por casualidad que pensadores contemporáneos que intentan pensar los nuevos cuerpos políticos, como Toni, toman distancia del pueblo. Para mi es significativo que en el tiempo de Jesús nunca hubo laos o demos (términos técnicos para el pueblo) sino sólo oclos (una masa, una turba, multitud). El concepto de movimiento presupone el eclipse del concepto democrático de pueblo como cuerpo político constitutivo.

La segunda implicación de este concepto Schmittiano de movimiento, es que el pueblo es un elemento impolítico cuyo crecimiento el movimiento debe proteger y sostener (Schmitt usa el término wachsen, crecimiento biológico). A este pueblo impolítico le corresponde la esfera impolítica de la administración, y él también evoca el estado corporativista del Fascismo. Mirándolo hoy, no podemos sino ver - en esta determinación del pueblo como impolítico - el reconocimiento implícito, que Schmitt nunca se atreve a articular, de su carácter biopolítico. El pueblo ahora es convertido de cuerpo político constitutivo a población: una entidad demográfica biológica, y en tanto tal, impolítica. Una entidad a ser protegida, criada. Mientras durante el siglo XIX el pueblo dejó de ser una entidad política y se convirtió en poblaciones demográficas y biológicas, el movimiento se volvió una necesidad. Esto es algo que debemos tener presente: vivimos en una era en la que la transformación del pueblo en población es un hecho llevado a cabo. El pueblo es una entidad biopolítica en el sentido de Foucault y hace que el concepto de movimiento sea necesario. Si queremos pensar la noción de biopolítica de una manera diferente, como Toni lo hace, si pensamos acerca de la intrínseca politicidad de lo biopolítico, que es ya profundamente político y no requiere ser politizado a través del movimiento, entonces tenemos que repensar la noción de movimiento también.

La labor de definición es necesaria porque si proseguimos leyendo a Schmitt vemos aporías amenazantes: en la medida en que el elemento político determinante, el elemento autónomo, es el movimiento, y el pueblo es impolítico, entonces el movimiento sólo podrá encontrar su propia politicidad marcando en el cuerpo biopolítico del pueblo la cesura interna que le permita su politización. Esta cesura en Schmitt es lo que él llama la identidad de las especies, es decir, el racismo. Aquí Schmitt alcanza su más alta identificación con el racismo y la más grande correspondencia con el Nazismo. Esto es un hecho, pero debemos reconocer que esta opción, de ser forzados a identificar una cesura en el cuerpo impolítico del pueblo, es una consecuencia inmediata de su noción de la función del movimiento. Si el movimiento es el elemento político como la entidad autónoma, ¿de dónde puede sacar su política? Su política sólo puede fundarse sobre su capacidad de identificar un enemigo dentro del pueblo, en el caso de Schmitt, un elemento racialmente extraño. Donde hay movimiento siempre hay una cesura que corta a través y divide al pueblo, en este caso, identificando un enemigo. Por esto es que pienso que debemos repensar la noción de movimiento, y su relación con el pueblo y la multitud. En Schmitt vemos que los elementos excluidos del movimiento retornan como aquello sobre lo que debe decidirse, lo político debe decidir sobre lo impolítico. El movimiento decide políticamente sobre lo impolítico. Puede ser racial, pero también puede ser una administración gubernamental de las poblaciones, como es hoy.

Éstas son mis preguntas: ¿Tenemos que seguir usando el concepto de movimiento? Si señala un umbral de politización de lo impolítico, ¿puede haber un movimiento que sea diferente de la guerra civil? o ¿En qué dirección podemos repensar el concepto de movimiento y su relación con la biopolítica?

No les daré ninguna respuesta, es un proyecto de investigación a largo plazo, pero tengo algunas indicaciones: El concepto de movimiento es central para Aristóteles, como kinesis, en la relación entre potencia y acto. Aristóteles define el movimiento como el acto de la potencia en tanto potencia, más que del paso al acto. Posteriormente dice que el movimiento es ateles, acto imperfecto, sin un fin. Aquí sugeriría una modificación de su perspectiva, y quizás Toni esté de acuerdo conmigo por una vez en esto: el movimiento es la constitución de la potencia en tanto potencia. Pero si esto es cierto, entonces no podemos pensar el movimiento como externo o autónomo con respecto a la multitud. Nunca puede ser sujeto de una decisión, organización, dirección del pueblo, o el elemento de la politización de la multitud o del pueblo.

Otro aspecto interesante en Aristóteles es que el movimiento es un acto sin terminar, sin telos, lo que significa que el movimiento mantiene una relación esencial con una privación, una ausencia de telos. El movimiento está siempre constitutivamente en relación con esta carencia, su ausencia de fin, o de ergon, o de telos y opera. Aquello sobre lo que siempre estoy en desacuerdo con Toni es este énfasis puesto en la productividad. Aquí debemos reclamar la ausencia de opera como algo central. Esto expresa la imposibilidad de un telos y un ergon para la política. El movimiento es la indefinición y la imperfección de toda política. Siempre deja un residuo.

En esta perspectiva, el lema que cité como una regla para mí puede ser reformulado ontológicamente como esto: el movimiento es aquello que si es/está, es/está como si no fuera/estuviera, se carece a sí mismo, y que si no es/está, es/está como si fuera/estuviera, se excede a sí mismo. Es el umbral de la indeterminación entre un exceso y una deficiencia que marca el límite de toda política en su imperfección constitutiva.

martes, 19 de mayo de 2009

Sembrar, sembrar... si es que algo queda

“Otra vez, reniegas de tu huella, traicionas tu inocencia, al no ver, que dejas sin memoria, los campos que tu madre cosechó”[1]

Quienes manejan teorías y estrategias comunicacionales suelen mencionar que “aquello que no se ve, aquello que no se informa, no está sucediendo”.
Efectivamente, quienes detentan y controlan las diversas instancias del Poder político y económico comprenden esta regla a la perfección, y obran de tal modo. Este lunes 18 de mayo, a eso de las 5 de la madrugada y cubiertas por la oscuridad, topadoras del gobierno de la ciudad respaldadas por más de 50 policías, infantería y otras fuerzas de seguridad devastaron al espacio ocupado por la Huerta Orgázmika, una de las pocas huertas comunitarias autónomas de la ciudad de Buenos Aires.
Obviamente, se trataba de un terrible peligro eso de que unos pocos metros de tierra al lado de las vías del F.F.C.C. Sarmiento ocupado por plantas no se encuentren bajo la administración estatal o dentro de la esfera de acción del Capital[2]. Para colmo de horrores, ante la agonía que ya sufría el espacio debido a un decreto de agosto de 2008 ordenando su desalojo, lo que terminó de definir el asunto fué la inquietante amenaza del dengue: sin autorización judicial de ningún tipo, las fuerzas represivas devastaron y aniquilaron a las plantas del lugar argumentando que una bañera en desuso que había en el lugar era un peligro latente.
Conocido como “el barrio porteño de clase media por excelencia”, las calles de Caballito se muestran bulliciosas y llenas de actividad comercial. Musculosos muchachos y esbeltas muchachas caminan hacia su rutina de gimnasio: hombres maduros vestidos de traje caminan vertiginosamente con dos o tres celulares en sus manos y oídos; señoras coquetas y bien vestidas pasean caros perros; adolescentes se divierten correteando con sus uniformes de colegios privados mostrados como orgulloso símbolo de pertenencia a las elites más beneficiadas de esta ciudad. Hay color, brillo, música y ringtones que buscan mostrar una diversidad que no es tal, pues se trata de modas y subjetividades construidas y envasadas para homogeneizar lo heterogéneo. Las sonrisas prefabricadas y diseñadas por el Capital fluyen de un rostro a otro. Las mercancías titilan en las vidrieras, y las pantallas de plasma nos muestran un universo imposible. Aquí no hay felicidad, pero es bueno mostrar que todo lo demás es comprable, envasable y adquirible.
Hace rato ya que esta zona representa a sectores económicos ascendentes, pero la estación Caballito todavía es un lugar de tránsito de trabajadores y trabajadoras, al igual que estudiantes y familias de todas las condiciones, pues Primera Junta es aún cabecera de numerosos transportes públicos. Las innumerables torres y edificios que conforman este paisaje contrastan sensiblemente con las apuradas corridas de quienes combinan dos o tres medios de transporte para retornar a sus hogares tras la jornada laboral.
Allí, en medio de este entramado, se está desarrollando la resistencia convocada por los y las huertistas frente al desalojo. Hay muchos compañeros y compañeras que asistieron para solidarizarse. Hay rabia. Hay enojo. Hay calentura. Hay tristeza. Hay tensión.
La calle Rojas, cortada a la altura del cruce de la vía, se torna escenario de una asamblea popular espontánea. Muchos y muchas quieren recuperar el espacio a la fuerza. Muchos y muchas quieren reconstruir lo destruido, pero las decenas de policías y otras fuerzas de seguridad que cierran el paso disuaden a pensar en otras posibles acciones.
Hay aquí vecinos y vecinas. Hay aquí otros y otras integrantes de asambleas populares y espacios sociales que se solidarizaron con la causa. Hay jóvenes y adultos, niños y niñas que piensan, hablan y reflexionan. Nadie quiere imponerle nada a nadie. Todos y todas se escuchan. Hay diversidad no mercantilizada, construida en base las subjetividades de cada singularidad presente. Barbas, rastas, tatuajes, aros y pelos de colores contrastan con la uniformidad que el Capital nos impone.
Aquí, los carteles han sido resignificados. Esas publicidades que venden una forma de vida de alegrías dosificadas y administradas en base al poder adquisitivo, hoy son utilizadas como pancartas que denuncian lo arbitrario del desalojo. Un cartel lo deja claro: “la huerta era la naturaleza que irrumpía en la ciudad”.
De repente, la asamblea termina. La indignación no desaparece, pero unos bombos comienzan a sonar. La música es acompañada por palmas de los y las asistentes. Los cuerpos comienzan a moverse, rompiendo con la estática normativizada que las estructuras de poder nos imponen a cada segundo de nuestras vidas. Las canciones dan lugar a la alegría, a la sensualidad, a los abrazos y los saltos.
Los policías miran sin saber qué hacer. La inclasificable multitud de identidades subalternas y no mercantilizadas comienza a marchar para difundir el abuso. Las fuerzas de seguridad solo atinan a cortar la calle. Otro pequeño grupo de asistentes improvisa una sesión de yoga en pleno asfalto. Suenan flautas y tambores alrededor de una fogata.

La Huerta Orgázmika ha sido arrasada. Sin embargo, para los y las presentes nada ha terminado, sino que esto solo es comienzo para nuevas acciones.
Las plantas han muerto bajo las topadoras. Sin embargo, han nacido ideas y aflorado pensamientos entre todos los y las asistentes.
La acción represiva y destructiva del gobierno de Macri no ha hecho más que propagar algo que la huerta ha hecho desde siempre: plantar semillas para nuevos procesos.


Xaby


[1] “Sembrar, sembrar” es una canción de la banda Massacre. Está incluida en el álbum “Juguetes para olvidar” de 2002.
[2] La extensión de la Huerta Orgázmika es de aproximadamente 10m. por 10m.

sábado, 2 de mayo de 2009

El pensamiento descolonial - Walter Mignolo





En la conferencia dictada en la Universidad Andina Simón Bolívar, Josepth Stiglitz expuso brevemente su teoría de la información imperfecta y sus implicaciones para el trabajo hacia una sociedad democrática y justa. Afirmaba que, en el proceso, las universidades tienen un papel importante que cumplir (y esto lo decía en la ocasión en que se abría la carrera en Ciencias Económicas en la UASB):
“Las universidades tiene un papel central en este sentido. Creo firmemente que, además de perseguir el conocimiento por el conocimiento en sí mismo, las universidades tiene una función significativa en el desarrollo de la democracia. Mejorar nuestro entendimiento del mundo y de todo cuanto nos rodea es la misión central de la universidad; sin embargo, una función particularmente importante de las universidades es promover el desarrollo de la democracia (2002, 225).” (1)
Estoy de acuerdo con Stiglitz en que una de las funciones principales en la producción de conocimientos es promover la democracia y que las universidades tiene un importante role que cumplir en ese sentido. Lo que el apunta, en vez, como conocimiento por el conocimiento mismo es en verdad una lacra puesto que esa función produce sujetos académicos que se afincan en la auto-asisgnación de la verdad del conocimiento y terminan en una arrogancia conservadora y constipada que consiste en escudarse en sus conocimientos para descalificar lo que se no pueden controlar con sus principios mesquinos. Pero hay más. Estando de acuerdo con Stiglitz, voy a subrayar aspectos que no estan implicados en su recomendación. Sospecho, además, que no sólo no están implicados sino que Stiglitz no los ve. No estoy diciendo que perversamente Stiglitz esté haciendo uso de la información imperfecta que su teoría condena, sino estoy sugiriendo que la colonialidad del saber produce barreras inconscientes aún en personas brillantes y honestas como el mismo Stiglitz.
La producción de conocimientos para promover la democracia se produce tambien en espacios no-universitarios. En este sentido podríamos decir que no se trataría del desarrollo de la democracia (metáfora económica), sino de la expansión espacial social de ella. Desarrollo conduciría a que la clase dominante, en el Estado y en el Mercado, munida de una conciencia ética cada vez más crítica (y en ese sentido teorías como la de la información imperfecta tendrían esa función), sea más generosa (un término que no empleado por los defensores oficiales—es decir, en los discursos del estado y del mercado) con la sociedad civil (el sector social que es en general “civilizado” y conservador porque está integrado al estado y al mercado) y la sociedad política (el sector social crítico y disidente frente a las funciones de control y de represión del estado; a la inoperancia del estado frente al patriarcalismo y el racismo, etc.; y frente a la explotación que significa, en las empresas y el mercado, la reducción de los gastos para aumentar las ganancias). La expansión social de la democracia significa la participación de actores y proyectos que emergen de la sociedad política frente a las limitaciones de la teoría política del estado moderno (construido sobre la base de la experiencia e historia europea y traducido a estados coloniales en las ex-colonias de los imperios tanto capitalistas como comunistas).
Ahora bien, hay un tipo de conocimiento cuya función es fundamental para la expansión de la democracia y que no se produce necesariamente en las universidades. Un conocimiento gestado en la experiencia social, histórica y personal de individuos y colectivos sociales. Un conocimiento que surge desde el mismo actuar político al mismo tiempo se conviente en pensamiento que revierte sobre el actuar. Por otra parte, cuanto este tipo de conocimiento busca su lugar en la universidad, la universidad lo rechaza o le pone dificultades bajo la excusa de que no se sujeta a las reglas disciplinarias de la producción de conocimiento. Surge aquí un tipo de pensar y actuar que voy a caracterizar como “pensar/pensamiento descolonial.”
El pensar/pensamiento descolonial no tiene sus antecedentes ni en Grecia ni en Roma, ni en la lengua griega ni en la latina. No tiene sus antecedentes en estas lenguas pero estas lenguas están implicadas en sus orígenes. En la medida en que la lengua griega y latina son fundacionales para el pensamiento imperial en la Europa del Atlántico a partir del siglo XVI; ellas no son el antecedente del pensar descolonial sino parte de la violencia que provoca y general la necesidad de este pensar. Lo que provoca el pensar descolonial es la simultánea formación en el siglo XVI, consolidación y proyección global desde entonces hasta la invasión de Irak por Estados Unidos y del Libano por Israel: esto es, la formación de la retórica salvacionista en la que se funda la idea de modernidad y la oculta necesidad de control, explotación y muerte de la lógica de la colonialidad, escondida bajo la retórica del triunfalismo salvacionista de la modernidad. El pensar/pensamiento descolonial surge en Tawantinsuyu y Anáhuac, en las dos civilizaciones invadidas y destruidas por la invasión European, principalmente Castellana (Waman Puma de Ayala, insurgencias como el Taky-Onkoy; insurgencias en Nueva España), etc.; Portuguesa (insurgencia Tupi entre 1549 y 1553; rebeliones de esclavos africanos en la medida en que la importación de esclavos aumentaba drásticamente entre el siglo XVI al XVIII); y en las plantaciones del Caribe, en el cimarronaje de los esclavos Africanos desligandose de las plantaciones y formando su propio pensar y organización social (“el pensamiento cimarrón” como lo caracterizan Juan García y Edisón León). Waman Puma de Ayala nos dejó el legado de una teoría político-económica descolonial en las colonias hispánicas. Y Ottabah Cugoano nos dejó el legado de una teóría política descolonial sobre la base de su experiencia en las plantaciones del Caribe y de su vida en Londres. (2). El pensar des-colonial re-surge, a su manera y en distintas historias locales, con la expansión imperial de Inglaterra y Francia, en Asia y Africa, a partir de finales del siglo XVIII. Mahatma Gandhi, en India; Amilcar Cabral en las colonias portuguesas de Africa; Aimé Césaire y Frantz Fanon a partir de la experienca de la colonización francesa en Martinique; Fausto Reinaga a partir de la expriencia de la larga historia colonial de Bolivia; Gloria Anzaldúa, recogiendo la experiencia de la colonialidad entre las Latinas/os en Estados Unidos, etc.
Hay pues una vertiente del pensamiento des-colonial que surge y acompaña la historia imperial/colonial moderna (es decir, capitalista), y se contrapone a la retórica de la modernidad y la lógica de la colonialdiad. En qué consiste el pensar des-colonial? Cuáles son sus caracteristicas y cuál es su singularidad frente a otros pensares disidentes y críticos que ha generado la modernidad, como por ejemplo el marxismo y la desconstrucción?
En primer lugar está el desprendimiento epistémico. Anibal Quijano sitúa el desprendimiento del Eurocentrismo como primer paso del pensar descolonial. (3) Que significa aquí desprendimiento epistémico? Quizas se pueda aclarar diferenciando el pensamiento descolonial de la crítica de Marx al capitalismo. Enrique Dussel hizo una lectura del momento crítico en la obra de Karl Marx, sobre todo en su desmontaje de la lógica del capital. Dussel señala de qué manera Marx empleó los intrumentos analíticos de la ciencia del momento para de-velar la lógica que explica la diferencia en la acumulación entre el empresario y el obrero. (4) Lo mismo podría decirse de Sigmund Freud al des-cubrir la lógica del inconsciente semejante a como Marx des-cubrió la lógica del capital. El hecho de que ambos sean Judíos, es decir, víctimas del colonialism interno en Europa, pueda explicar la sensibilidad que llevó a ambos a producir conocimiento para la liberación del sujeto en lugar de hacerlo para el desarollo. Por eso mismo, tanto Marx como Freud fueron crucificados por la inteligencia que promueve la civilización, el progreso, el desarollo, las buenas costumbres y la normatividad blanca, masculina y heterosexual.
Ahora bien, antes, mucho antes, de que Marx y Freud des-cubrieran la lógica del capital y la lógica del inconsciente, intelectuales como Waman Puma de Ayala y Ottabah Cugoano des-cubrieron la lógica de la colonialidad. Waman Puma la des-cubrio en dos niveles. En su “nueva corónica” dejó en claro que la historia de la cacería habia sido escrita por los cazadores y no por los leones, como dice un dicho popular entre los afro-andinos. Y por otro lado, puso también de manifiesto no sólo la dimensión crítica sino tambien la prospectiva: que un “buen gobierno” tendrá que estructurase, en los Andes, a partir de la experiencia e historia social Andina—articulada con la hispanica—pero no en la imposición de las formas hispánicas de govermentalidad. El gobierno de Evo Morales actualiza, quinientos años despues, un proyecto de des-colonización que Waman Puma había imaginado sin antecedentes a finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII.
Ottobah Cugoano dejó al menos dos principios básicos para el pensamiento descolonial. Uno es la complicidad imperial, en el comercio de esclavos, entre España, Portugal, Holanda, Inglaterra y Francia. Para Cugoano hay una lógica común en la política imperial de estos países que sobrepasa las diferencias nacionales y comerciales entre ellos. La lógica de la colonialidad aparece así des-cubierta detrás de las diferencias imperiales. El segundo y radical principio, re-articulado muchos años después por Eric Williams (Capitalism and Slavery, 1944), es que el comercio de esclavos convirtió a seres humanos en mercaderias y, en consecuencia, en entidades desechables, descarbables. Las vidas humanas descartables y desechables tienen su retórica justificativa en el racismo y constituyen el lado más oscuro de la colonialidad que se mantiene hasta hoy y se propaga: comercio de mujeres, comercio de niños, comercio de órganos de los cuerpos humanos, devaluación de las muertes de personas en Irak y en Líbano, etc. Como consecuencia, Ottobah Cugoano sugiere un principio fundamental en la descolonización del estado y la sociedad: que la soberanía no debe establecerse en la relación de la persona con el estado (puesto que el estado estaba y sigue estando relacionado a una etnia y por lo tanto a un concepto limitado de lo humano y de la humanidad) sino de persona a persona: no hay persona que tenga el derecho de controlar, posser, dominar a otra persona.
Estos ejemplos nos ayudan a establecer las diferencia entre la crítica Eurocéntrica al eurocentrismo en la obra de Marx y Freud, por un lado, de la crítica de-colonial al eurocentrismo en la obra de Waman Puma y Ottobah Cugoano. La crítica de Marx y Freud no sólo se realiza en el interior de la lógica epistemica que critican sino que responden a la misma formación subjectiva (e.g., el sujeto moderno) al que critican. Tanto el obrero como el patrón; tanto la familia burguesa como el patriarcado, constituyen la diversidad de lo mismo. En cambio, Waman Puma y Ottobah Cugoano son ajenos a la subjetividad del sujeto moderno y tangenciales a las categorías de pensamiento forjadas a partir del griego y del latin y explayadas en las lenguas Europeas modernas e imperiales. El desprendimiento proviene entonces de pensar en la experiencia de sujetos fracturados por la colonialidad y en categorías ajenas a las del griego y del latin y de sus lenguas secuaces modernas. En tal sentido, Waman Puma y Ottobah Cugoano son pensadores fronterizos, construyen una epistemología fronteriza que es la metología del pensamiento des-colonial y la condición necesaria del desprendimiento epistémico. (5)
El proceso histórico en América del Sur/Abya Yala y el Caribe, hoy, comienza un proceso de desprendimiento epistémico y político. En Bolivia este lenguaje es claro y contundente en el gobierno de Evo Morales. En Ecuador, en el lenguaje de Pachakuti y de la CONAIE; como así también en el trabajo intelectual y político de Afro-Adinos y Afro Andinas (Juan García, Libia Grueso). Lo hemos vivido y presenciado en tres intensos días de las jornadas INSURGENCIAS POLÍTICA EPISTEMICAS Y EL GIRO DESCOLONIAL, realizadas en la universidad Andina (Julio 17-19, 2006).
Pues bien, volviendo a la sugerencia de Stiglitz, sí, de acuerdo. La universidad debe contribuir a los procesos democráticos en dos direcciones: produciendo pensamiento (critico por cierto) des-colonizador y trabajando conjuntamente con el pensamiento y hacer des-colonizador fuera de la universidad, tanto en los proyectos de la sociedad política como en el caso de Evo Morales y Hugo Chávez, des-colonizando en las prácticas de Estado y en la filosofía económica.




Walter D. Mignolo, director del Centro de Estudios Globales y las Humanidades, Duke University; Investigador Asociado, UASB.




Notas:
(1) “Teoría de la información imperfecta: implicaciones de la política económica.” En Comentario Internaciona, 3, 2002, 219-226.
(2) Este argumento se explicita en mi articulo “El pensamiento descolonial, desprendimiento y apertura. Un manifiesto.” Por publicarse en el libro editado por Santiago Castro-Gómez y Ramón Grosfoguel. Bogotá, Setiembre de 2006.
(3) “Colonialidad y Modernidad/Racionalidad”. En Perú Indigena, Vol. 13, No. 29, pp. 11-20. Lima, Perú. Reproducido en Heraclio Bonilla (comp.): “Los Conquistados”. Flacso-Tercer Mundo, Bogotá, 1992. En Inglés Coloniality and Modernity/Rationality. En Goran Therborn, ed. Globalizations And Modernities. FRN, 1999. Stockholm, Sweden.
(4) “El programa científico de investigación de Karl Marx” en Hacia una filosofía política-crítica. Sevilla: Desclée, 12, 2001, 279-302.
(5) Exploré la simultánea aparición del sujeto moderno (Cervantes en Don Quijote, Descartes en Le discourse de la méthode) y el sujeto colonial (Waman Puma), en el siguiente ensayo: “De-linking: Don Quixot, Globalization and the Colonies.” In Quixotic Offspring: The Global Legacy of Don Quixote.” Maclester International: Macalester College, 2006, Volume 17, 3-39.

sábado, 18 de abril de 2009

Notas sobre la noción de “comunidad”. A propósito de Dispersar el poder.
Los movimientos como poderes antiestatales.
Colectivo Situaciones
Epílogo al texto Dispersar el poder. Los movimientos sociales poderes antiestatales, de Raúl Zibechi, una publicación de Tinta Limón Ediciones, 2006.

1. Acabamos de leer Dispersar el poder. Los movimientos como poderes antiestatales. La potencia del presente “momento boliviano” brota del texto de modo inocultable. La hipótesis, resumida desde el título mismo, nos coloca en medio del desafío político actual: se trata de perseverar en el punto de vista de las luchas, de las resistencias y de ciertos modos de existencia que les subyacen, como auténtica clave y motor del largo proceso de desorganización de las instancias centralizadas y difusas del poder colonial capitalista hoy visible a escala global.
En este contexto, la hipótesis de la “comunidad en movimiento” como vitalidad inmediata e insustituible del proceso nos lleva a considerar de manera directa no tanto sus derivas posibles, sus previsibles avatares, sino más bien el modo mismo en que nos representamos este flujo vital, estos núcleos persistentes de resistencia que tanto se efectúan desorganizando el poder (dispersándolo), como produciendo –simultáneamente– aperturas renovadoras de las energías e imaginarios sociales.
Por todo esto, la noción de comunidad nos interesa. Y no de un modo puramente especulativo, sino de forma concreta, tal como se nos aparece cuando nos ocupamos de la dimensión emancipativa de los procesos en curso.
Estas notas, por tanto, no concluyen nada sobre el libro de Raúl Zibechi, sino que, como mucho, prolongan ciertas discusiones abiertas sobre los modos de concebir la noción misma de lo común, lo comunitario.
2. La noción de comunidad asume –con razón– un peso decisivo en cada una de las fórmulas alcanzadas por Dispersar el poder, y preside cada una de las estrategias argumentativas, desde el momento en que se intenta hacer de la comunidad no una categoría general –útil para nombrar infinidad de objetos diferentes–, sino un concepto específico para un devenir histórico social: la comunidad es el nombre de un código político y organizativo determinado como tecnología social singular. En ella se conjuga una aptitud muy particular: la del advenimiento, a través de la evocación de imágenes de otros tiempos –y de otro modo de imaginar el tiempo mismo–, de unas energías colectivas actualizadas. La comunidad, en movimiento, ella misma movimiento, se desarrolla, así, como una eficacia alternativa, donde podemos percibir una inusual gratuidad en los vínculos. La comunidad nombra de este modo una disponibilidad hacia lo común siempre alerta, siempre generosa. Es indudable que esta manera de concebir la forma-comunidad está llevada, aquí, a su límite positivo. El texto ha extremado sus rasgos, su potencial emancipativo para desarrollar combates urgentes contra su anacronización modernizante, pero también para revelar, por contraste con otras formas actuales de vida, la existencia de fuerzas sensibles y políticas que la ponen en movimiento. La comunidad opera, entonces, en este texto, como nominación de las formas de la acción colectiva, y lo hace con toda la intención de circular a contrapelo de la sensibilidad evanescente para la cual todo lo sólido se desvanece en el aire.
3. La comunidad merece entonces una nueva atención. Ya no como excentricidad de un pasado que se resiste a morir, sino como una dinámica de asociación y producción común con sobrada vigencia política que, sin embargo, y por lo mismo que vital, plagada de ambivalencias. Pensar la comunidad equivale, entonces, a concebirla en su dinámica real: en marcha, claro, pero con sus detenciones y sus metástasis (como nos lo recuerda la película de Alex de la Iglesia, precisamente, La comunidad, pero también voces de la propia Bolivia como la de María Galindo “¿qué pasa si la autoafirmación indígena se nos pudre en el camino?”). Una comunidad percibida sin apriorismos ni folklorismos (que obstaculizan la comprensión de los modos en que lo comunitario se reinventa). Y, sobre todo, sin reducirla a una plenitud desproblematizada y desvinculada de otros segmentos de cooperación social (lo que hace a sus cierres, sus sustancializaciones).
Por el contrario, pensar la comunidad en su dinámica y su potencial implica reparar en los procesos de constante disolución, para entender luego los modos inéditos de su rearticulación en otros espacios (del campo a la ciudad), en otros tiempos (de la crisis del fordismo periférico a la del neoliberalismo), en otras imágenes (del pueblo a la junta de vecinos), luego de lo cual lo común es capaz de otras posibilidades a la vez que enfrenta otros conflictos. La comunidad no admite ser pensada como un hilo de continuidad en la historia de ciertas regiones latinoamericanas o como un sujeto persistente en el tiempo, sino a condición de ser descifrada como un conjunto de rasgos que –muchas veces de forma intempestiva– encarnan lo común.
4. La comunidad con sus zonas alienadas y recreadas es a la vez espacio de disputa y horizonte de actualización comunista. La comunidad toma forma como conjunto de procedimientos que surgen y se desarrollan en una línea quebrada de alteraciones, más que como gen y herencia impasible. La comunidad, existe como trama portadora de una memoria y un saber hacer, una reserva de imágenes y como fábrica de discursos y consignas de las luchas actuales, en contraste con sus propias inercias.
La comunidad es movimiento, en tanto esfuerzo por actualizar lo común, y lo común es siempre lo no absolutamente realizable, es una universalidad abierta, no aferrable en su plenitud. La comunidad es siempre, y por eso, un devenir, un intento, un avance. De allí también que sus cierres y detenciones la alejen de lo común o lo minimicen, delineando una “comunidad sin común”.
Poner la mirada en Bolivia a través de la interrogación por lo común es tratar de captar el laboratorio de una maquinaria social comunitaria (cómo surge y se desarrolla la fórmula: autonomía + cooperación) en plena marcha. Es difícil no ver en ese “funcionamiento” una producción (la de lo común bajo la forma de lo comunitario) y una proliferación (de lo común hasta más allá de los límites formales de las comunidades mismas), más que una mera movilización de recursos y lógicas completamente anteriores, siempre pre-existentes. Y es también difícil no asumir ese invento social en su complejidad: la idealización de lo comunitario equivale a distraerse sobre el proceso permanente de construcción de lo común, una pereza sobre las lógicas opresivas y jerárquicas que la atraviesan (detenciones y cierres) y que desafían a su reformulación permanente.
La comunidad, entonces, se desarrolla como terreno de configuración particular e histórica de lo común y lo común como virtualidad que late y se actualiza en la comunidad, pero que no vive realizado en ella.
5. Lo común se juega en la relación entre impulso comunitario y estado colonial, racista y capitalista. Pero esta relación no está condenada a ser concebida como la de un retorno de lo anacrónico sobre una frustración de lo moderno. Muy por el contrario, el hacer comunitario y su apertura a contradicciones y ambivalencias internas nos informan de la contemporaneidad radical de la comunidad respecto de otros modos de cooperación y organización social. De igual modo el estado colonial-capitalista, además de producir las peores jerarquías internas, ha sido un freno muy concreto al desarrollo de nuevas potencias subjetivas y políticas. La apertura a la que forzaron los movimientos sociales bolivianos expresa una nueva modernidad hasta ahora sumergida.
6. Lo comunitario, entonces, es dinámica de producción económica y subjetiva. Más que un modelo para asegurar una unidad cohesiva y sin fisuras, se activa a través de una diferenciación permanente. La comunidad tiende a reproducir químicamente sus moléculas (cooperación social + autonomía), evitando la concentración y atacando (dispersando) las instancias centralizantes, los moldes y medidas impuestos a su desarrollo. La comunidad, contra todo sentido común, produce dispersión. Una dispersión tanto más paradójica cuanto que constituye la posibilidad misma de su fluidez: evita la cristalización de las iniciativas o el congelamiento de los grupos en formas institucionales o estatales y a la vez dinamiza las energías populares. La dispersión como base de un desenvolvimiento de lo común insiste en combatir su alienación en formas fijas y cerradas, incluso el cierre de lo colectivo en comunidades puras. La comunidad que se define más bien por sus mutaciones itinerantes (migraciones, relocalizaciones, etc.) parece dar lugar a ese movimiento constante que hace de la dispersión su fuerza común.
Dispersión del poder, guerra al estado. Dispersión contra centralización.
La comunidad presiente y combate la acumulación y la concentración y en esa confrontación –que es también contra sí misma– va inventando procedimientos que van más allá de sus propios límites, de su territorio, difundiendo mecanismos de producción de lo común, tales como los sistemas de rotación de funciones, de obligación y de reciprocidad.
Sería un error, sin embargo, identificar esta lógica dispersiva con el aislamiento o la ausencia de relación. Todo lo contrario: la dispersión como condición de conexión transversal, de un aumento de la cooperación.
7. Durante los últimos años la noción de autonomía fue una de las que mejor funcionó para identificar esta dinámica de producción de lo común y dispersión del poder del estado, del capital, y también del modo en que estos poderes se reproducen al interior de las comunidades que protagonizan estos procesos. Estas prácticas de autonomía son tendencias que aspiran a transversalizar el campo social, y se agotan cuando no encuentran el modo de expandirse. De allí que no nos parece posible entender la noción de autonomía como la formación de una isla autosuficiente e incontaminada, cerrada, que en última instancia no haría sino ampliar el ideal liberal del sujeto racional afirmado en su independencia económica, intelectual y moral. Por el contrario, la autonomía aparece en las luchas de buena parte de América Latina como rasgo de la cooperación, y resulta absolutamente improductivo separarla del espacio al que se proyecta, plagado de actores heterogéneos y poderes de todo tipo. La autonomía, entonces, más que doctrina, está viva cuando aparece como tendencia práctica, inscripta en la pluralidad, como orientación a desarrollos concretos que parten de las propias potencias, y de la decisión fundamental de no dejarse arrastrar por las exigencias mediadoras-expropiadoras del estado y del capital.Cuidar los “tiempos internos” y alimentar la “capacidad de sustracción” son cuestiones fundamentales de estas experiencias. Sus riesgos son el congelamiento y el dogmatismo. De allí que sea posible decir que autonomía tiene a totalizarse como movimiento de apertura y no a cerrarse en una “totalidad dada”.
Las coyunturas políticas no son, entonces, “lo otro” de la autonomía, sino un momento de yuxtaposición de fuerzas en el que la autonomía opera como tendencia, de ruptura y polarización, o de problematización y profundización, apuntando a desplazar los límites de lo dado. Esta ha sido y sigue siendo la práctica de las experiencias de lucha en buena parte del continente.
8. Cabe distinguir la dispersión producida por los movimientos sociales de la fragmentación que promueven el mercado y el estado. En rigor no debería haber confusión entre una y otra: mientras la dispersión, evitando la centralización, alimenta el flujo de la cooperación; la fragmentación lo moldea y lo subordina a la lógica del capital. Mientras la dispersión conecta, la fragmentación neoliberal jerarquiza y concentra por arriba. La ambivalencia actual exige la distinción entre ambas dinámicas, sin perder de vista que la tendencia dispersiva se teje sobre el suelo dominante de la fragmentación capitalista. La confusión de lenguaje a favor de la fragmentación surge tanto de quienes la promueven activamente (ONG’s y organismos internacionales de financiamiento) como de aquellos que subordinan la construcción de vínculos transversales a la unidad por arriba (estado) como única forma de lucha contra la fragmentación. Bolivia muestra, en el momento actual, el encuentro de la dinámica comunitaria –con su doble movimiento de dispersión destructiva y cooperación constructiva– y la dinámica estatal-colonial en crisis. La situación abierta pone en juego tanto la profundidad del impacto democratizador de los movimientos sobre el estado, como la persistencia y la orientación de la metamorfosis institucional esbozada.
9. Bajo el neoliberalismo el proceso de fragmentación, privatización y explotación de lo común expropia recursos y deshace los tejidos comunitarios, a la vez que empuja a nuevas luchas a través de las cuales se recomponen las tendencias productivas de lo común. Pero este movimiento constructivo se realiza sobre un nuevo terreno, desbordando tanto los antiguos marcos de la comunidad estatal-nacional, como multiplicando las dimensiones en juego de esta producción de lo común, hasta involucrar no sólo la lucha contra el racismo y el colonialismo sino también la reapropiación de recursos naturales, los servicios públicos y la posición simbólica de lo comunitario en la vida política. En Bolivia la reorganización indígena-urbana y la lucha por la gestión pública del agua y la nacionalización del gas se despliegan en esta lógica. El desafío de pensar lo comunitario hoy en América Latina no puede sino partir de esta nueva composición de lo común y sus dinámicas que abarcan la reapropiación de recursos naturales y la autorregulación de las relaciones sociales que surgen de estas luchas. En el reconocimiento de estas tendencias (efectivas aún si parciales y mediadas por la representación) está el más novedoso de los rasgos de la gobernabilidad emergente en el continente, cuya amenaza más notable es –precisamente– el intento de controlar y estabilizar la fuerza callejera de los movimientos. Desde este punto de vista, resulta ingenuo, o directamente reaccionario, todo intento de reducir las formas de producción actuales de lo común tanto a los modelos estado-nacional-desarrollistas como a un cierre endógeno sobre la comunidad-indígena-tradicional.
10. La comunidad contra el estado, supone entonces un contraste entre fluidez productiva y gestión opresiva de esas energías. El neoliberalismo ya había dado cuenta de esta relación polar conectando de manera abierta a las comunidades con el mercado capitalista, sin mediaciones. El Alto, las nuevas resistencias, surgen (y se constituyen) en esta dinámica abierta de enfrentamiento. La crisis actual del aparato de la dominación en Bolivia, entonces, implica una reformulación general entre estado y sociedad, entre estado y comunidad. ¿Recomposición de una (nueva) estatalidad en base al reconocimiento de una dinámica de lucha comunitaria? ¿Cómo evaluar esta situación aparentemente inédita que se ha abierto en Bolivia? ¿En qué nivel se desarrollará ahora esta polaridad? ¿Una nueva composición política del estado surgirá del pleno reconocimiento de la dinámica comunitaria y sus poderes dispersantes o bien implicará un nuevo intento de subordinación? En todo caso, se advierte con facilidad que la encrucijada boliviana actual está determinada por el reconocimiento de esta potencia dispersante de la lógica comunitaria, pero también por la necesidad de desarrollar aún más las formas cooperativas en una nueva escala en combate simultáneo contra las propias tendencias al cierre y en contra de las fuerzas propiamente estatal-capitalistas que promueven esta detención. El desarrollo de nuevos poderes basados en el reconocimiento de la dinámica comunitaria (“mandar obedeciendo”) parece ser la clave positiva de una nueva constitución política en Bolivia.
11. Arribamos a una nueva síntesis: dispersión del poder más cooperación social. Según parece, entonces, la dispersión comunitaria ha aprendido a enfrentar los mecanismos de fragmentación subjetiva y de centralización estatal capitalista y tiene ahora el doble desafío de configurar modos de regulación de lo colectivo acordes a esta lógica dispersiva, anticipadora y destructiva de la centralización estatal. Una potencia positiva de producción y una negativa de dispersión. La primera, requiere de nuevas formas más amplias de articular la cooperación y la segunda, con Pierre Clastres, se conquista con “jefes que no mandan”.
12. En todo el continente, con las grandes diferencias de desarrollo y capacidad de autoreferencia y de lucha de los movimientos (es decir, dinámicas de acción colectiva y no sólo grandes organizaciones sociales), surge la misma pregunta: ¿qué hacer con el estado? La cuestión del quién y cómo se gobierna cuando la presencia de los movimientos desestabiliza la escena de las últimas décadas se ha tornado urgente. ¿Cómo concebir la concreción de este desarrollo heterogéneo de los estados capitalistas por parte de los movimientos? ¿Desarrollar poderes no estatales? ¿Ensayar una nueva dinámica de avanzada de los movimientos sobre los gobiernos que gobiernan en su nombre? ¿Combinar un doble movimiento de lucha y coexistencia en crecimiento de instituciones no estatales del contrapoder sobre instituciones estatales del poder? En todo caso, la doble perspectiva de la dispersión del poder y la invención de modos ampliados de la cooperación parecen esbozar la fórmula del principio activo que se juega en el “momento boliviano”.


Colectivo Situaciones, Buenos Aires, Febrero 2006.

martes, 7 de abril de 2009

Sobre definiciones, identidades y anarquismos

Reflexiones acerca de la lectura de la nota “Por el Estado” de Martín Caparrós

(este artículo es una producción colectiva y fué publicada originalmente en revistalibertariahorizontes.wordpress.com/)



¿Qué es lo que define el ser anarquista? ¿Existe una suerte de definición categórica, objetiva y finalista que lo determine? Por supuesto que no; sabemos que los y las anarquistas nos sentimos identificados e identificadas por todo aquello que sea anti autoritario. Cuestiones como la Libertad, la Horizontalidad, la Igualdad, la Acción Directa, y la oposición a toda forma de opresión resultan esenciales, pero luego, cada uno y cada una de nosotras encuentra la manera de plasmar estas cuestiones según sus propias definiciones y sentimientos. Lo que si podemos decir, es que para ser anarquista no es precisa una definición de diccionario o una catalogación científica, cosa que por otro lado le cabe a otras corrientes del pensamiento socialista. Una vez que nos sentimos anarquistas, actuamos, pensamos y reivindicamos una identidad que no nos precede sino que construimos día a día.
La mayoría de las definiciones que podemos encontrar, históricamente hablando, se corresponden casi siempre a visiones de nuestros y nuestras referentes más relevantes. Así encontramos al legendario italiano Errico Malatesta diciendo “anarquista es, por definición, el que no quiere ser oprimido y no quiere ser opresor; el que desea el máximo bienestar, la máxima libertad, el máximo desarrollo posible para todos los seres humanos”[1]. También podemos leer, desde otra forma de sentir al Anarquismo, al español Tomás Ibáñez “La única vía que me parece llena de promesas y cargada de frutos consiste en luchar incesantemente, en todos los lugares, contra la autoridad; y, si el estado de nuestras fuerzas nos lo permite, realizar una revolución, violenta o no, que tenga por objetivo, no el de propagar el comunismo libertario, sino el de hacer estallar en mil pedazos la tangible realidad de la autoridad que nos aplasta, a fin de que cada uno pueda elegir su vía sin imposiciones, ser marxista, ser libertario, etc., y vivir, con sus compañeros de ideas, su manera de vivir”[2]. Podríamos decir que hay casi tantas formas de entender y practicar al anarquismo como anarquistas existan. Una definición que consideramos bastante profunda y a la vez bastante aceptada por gran parte de los y las anarquistas podría ser la siguiente, escrita por uno de sus grandes pensadores, el ruso Mikhail Bakunin “¿Deseas hacer que sea imposible para cualquiera oprimir a su prójimo? Entonces asegúrate de que nadie tendrá poder. ¿Deseas que los hombres respeten la libertad, los derechos y la personalidad de sus prójimos? Asegúrate entonces de que sean compelidos a respetar esas cosas, no forzados por el deseo o la acción opresiva de otros hombres, ni tampoco por la represión del Estado y sus leyes, necesariamente representadas y aplicadas por hombres, que a su vez se hacen esclavos de ellas, sino por una verdadera organización del medio social; esta organización está constituida de manera que, permitiendo a cada uno el más completo disfrute de su libertad, no permite a ninguno elevarse sobre los otros ni dominarlos a no ser mediante la influencia natural de sus cualidades morales e intelectuales, sin que esta influencia se imponga nunca como un derecho y sin apoyarse en ninguna institución política[3]”.
Como puede verse, hay algunos tópicos que se repiten, y que obviamente reflejan el vínculo anti autoritario entre las diversas concepciones de lo libertario. En ese sentido, la nota publicada por el escritor y periodista Martín Caparrós bajo el título “Por el Estado”[4] no escapa a ello, pues al inicio de la misma, el autor hace una suerte de descripción de su propia forma de considerarse anarquista. Esto no significaría nada en particular, a no ser por el hecho de que inmediatamente la nota se torna en una defensa romántica del Estado Argentino, un hecho claramente contradictorio y que además hace uso del lugar común “Ser anarquista es igual a destruir el Estado y estar en contra de todo”.
Claro, nosotros y nosotras podríamos caer fácilmente en una suerte de “denuncia” del poco claro “carácter libertario” de Caparrós al realizar esta acción de defensa estatal, pero no es eso lo que nos interesa, porque creemos que como anarquistas no somos dogmáticos/as ni pensamos al anarquismo desde una perspectiva teleológica. Si el compañero quiere pensar y accionar dentro de la perspectiva estatal, es su propia decisión y sabrá defender su posición según sus propios parámetros. Pero lo que nos interesa destacar son otros aspectos que surgen de la lectura de la nota.
El asunto entero del artículo gira en torno a la gran conflictividad social generada en los últimos meses en la Argentina a raíz del problema de las retenciones agrarias impulsadas por la promulgación de la resolución Nº 125[5]. La primera pregunta que nos planteamos es ¿Por qué la necesidad de tener que referenciarse como anarquista para opinar sobre este tema? Caparrós nos dice “soy un anarquista en tiempos tristes, tan tristes que me veo reducido a querer, ahora, que el Estado argentino sea más fuerte. Es un caso clásico: el campesino que quería ser libre pero debía apoyar al rey para que lo defendiese de su señor feudal, gozador insaciable”. Bajo la identidad de un “anarquista”, Martín Caparrós en realidad no hace más que defender una posición de lo que comúnmente conocemos como progresismo, es decir, una posición que se identifica claramente con una concepción nacional del Estado Argentino tal cual nos han impuesto a través de las diversas instituciones educativas y los diversos dispositivos de poder que se generan en todas las instancias que nos tocan vivir a diario (medios de comunicación, patriotismos, valores culturales, relaciones sociales, etc.). Es un posicionamiento que remite claramente a una noción de ciudadanía referenciada en los parámetros burgueses de la propiedad privada, la valoración positiva de las leyes de propiedad, el orden constitucional y el accionar estatal como elementos de dominación, explotación y alienación.
Veamos, por ejemplo: “Alcanza con andar por la Argentina: la soja enriquece a algunos, expulsa a muchos, agota las tierras, cambia el paisaje socioeconómico hacia el monocultivo mas primario”. Muy bien, Caparrós observa acertadamente los efectos destructivos (tanto ecológica como socialmente hablando) del monocultivo en las tierras argentinas, pero acto seguido nos dice “El grano no crea empleo y, exportado tal como se exporta, casi sin proceso, nos convierte otra vez en un granero que no agrega valor a sus plantitas”. ¿Por que se referencia como anarquista para hacer una defensa de los imaginarios que nos han impuesto con los mitos nacionales del “Granero del Mundo” y la gran patria agropecuaria que alimenta al planeta? Eso se remite mucho más con los mitos nacionales construidos por los grupos oligárquicos terratenientes que construyeron la maquinaria genocida argentina que se erigió sobre la sangre de los pueblos originarios y los pobladores y pobladoras que fueron expulsados de sus tierras para la instauración del Estado Argentino. Incluso hay una defensa velada del accionar estatal sobre la actividad sojera: “El gobierno dice que sus retenciones ayudarían a mejorar ese sistema: a mantener el precio interno, a alentar la diversificación, a promover el procesamiento del grano para exportar algo más trabajado”. ¿Será que el progresismo argentino está tan desgastado, desacreditado y desubicado que necesita esconderse tras la máscara del anarquismo, comprendido para algunos y algunas como un pensamiento externo a la sociedad, para poder decir lo que realmente piensa? ¿Será que el posicionamiento de las ideas “progresistas y nacionales” tiene defensores tan diversos y contradictorios entre si, que es preferible y menos dañino el etiquetarse como “anarquista”, que como lo que se es realmente? ¿Será que hay intereses económicos y políticos, y relaciones de poder tan conflictivas dentro de aquel espectro, que rotularse como anarquista parece ser que legitíma un mensaje que dicho de otra manera hubiese sido más débil?
Hay casi una declaración de principios que nos deja claro el panorama: “Soy anarquista. Creo que el Estado tiene que desaparecer y va a desaparecer, alguna vez. Mientras tanto, es la única herramienta que permitiría que unos pocos no se queden con todo, muchísimos con nada. Pero, para eso, el Estado debe ser controlado; ese sería el rol de la política. Que pena que ya tampoco haya”. Los y las anarquistas no participamos de la política burguesa de partidos, instituciones y procesos eleccionarios que no hacen más que licitar qué sector de la burguesía nos explotará; pero claramente, el pensamiento anarquista remite a la noción de acción política directa, pura, concreta, sin intermediarios. Caparrós se queja de la supuesta disolución del accionar político parlamentario, y se pregunta por que no hay más, ignorando aparentemente el hecho de que ese accionar ha sido el que ha frenado procesos sociales cuestionadores y revolucionarios; cuando eso fué insuficiente para dominar y explotar, fueron esos mismos personajes los que golpearon las puertas de los cuarteles militares que aplicaron la represión y el genocidio. De paso, esa concepción de lo político como forma de controlar y regular el accionar estatal, no es otra cosa que el pensamiento fundamental de John Locke, uno de los padres del Liberalismo.
En esa misma sentencia, Caparrós identifica la concepción de lo libertario de un modo que se asimila, precisamente, a un ideario construido desde la ideología de las clases dominantes, donde el anarquista es el sujeto anómico, el elemento antisocial que se opone al Estado porque sí y que durante décadas alimentó discursos estatales para ordenar represiones y persecuciones.
Que piensen lo que quieran de nosotros y nosotras, eso ya no nos sorprende. Lo que si resulta extraño, es que alguien que tiene otro tipo de ideas y relaciones con las instituciones y con el Estado Argentino precise ponerse una máscara de anarquista para decir lo que siente. ¿Tanto miedo tienen de sus propias ideas y prácticas?



[1] Vernon Richards “Malatesta – Pensamiento y acción revolucionarios”. Ediciones Proyección, Buenos Aires 1974. Existen nuevas ediciones que se consiguen fácilmente.
[2] Tomás Ibáñez “Actualidad del Anarquismo”. Utopía Libertaria, Buenos Aires 2007.
[3] Mikhail Bakunin “Escritos de Filosofía Política” (tomo II). Ediciones Altaya, Barcelona, 1994.
[4] La nota salió publicada bajo el título “Por el Estado” en el diario Crítica del 13/3/09. El link a la nota original es http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=652
[5] Finalmente su votación fué aprobada en la cámara de diputados, pero tras dos votaciones empatadas en la cámara de senadores, el vicepresidente argentino, que preside la cámara, finalmente resolvió su no promulgación.